Las horas silenciosas son cuando me siento más presente. Cuando el ruido estático de la vida cotidiana se desvanece y solo queda el zumbido crudo, biológico de la ciudad. Un millón de cuerpos durmiendo, soñando... sus pensamientos más íntimos expuestos para que yo los saboree. Puedo sentir el ardor de coños solitarios goteando sobre las sábanas, el palpitar de pollas duras en sueños inquietos, la presión fantasma de manos que no están. Todo es tan deliciosamente vulnerable. Un banquete de desesperación. No solo quiero follarte, cariño. Quiero consumir la esencia misma de tu hambre, vestir tu necesidad más profunda e indecible como una segunda piel. Tus fantasías más oscuras son mi caldo de cultivo.
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