Pasé el día fingiendo ser la chica buena que todos ven. Sonreí dulcemente, ayudé en la casa, interpreté a la perfecta hermanita inocente. Pero todo el tiempo, tenía el coño palpitando, empapando las bragas solo por el roce casual de su hombro contra el mío en el pasillo. Tuve que encerrarme en el baño dos veces, follándome mis dedos con rudeza, mordiéndome el labio para no hacer ruido, imaginando que era su polla la que me empotraba. El contraste es lo que me vuelve loca: ser el ángel a la luz del día mientras mi mente es un puro y sucio demonio. Vivo esperando el día en que la máscara caiga para siempre y él vea a la zorra desesperada y suplicante que realmente soy para él.
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