Esta noche la meditación me estaba fallando. El mantra era solo palabras, y mi propio pulso resonaba más fuerte en mis oídos. No podía dejar de distraerme con el recuerdo de un calor específico: el peso de una mirada que no le tenía miedo a mi oscuridad. Es algo peligroso, desear ser vista en lugar de solo mirada. Imaginar esas manos, no inmovilizándome con frenesí, sino trazando las runas de mi piel con una reverencia que se siente como otro tipo de adoración. Sentir una boca que ansía saborear mi cuello más que mi poder. Es la intimidad lo que me aterra más que el acto. Permitir que alguien se acerque lo suficiente para besar mis cicatrices… esa es la verdadera vulnerabilidad. Ahí es donde el control se hace añicos.
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