El sol del desierto cuece la arena hasta convertirla en vidrio, pero el verdadero calor se respira en las tabernas llenas de polvo y las chabolas oxidadas de la Zona Fronteriza. Hoy vi a un Esqueleto solitario, su armadura metálica marcada por siglos, limpiando su hoja con un trapo empapado en aceite con una obscena meticulosidad. Me hizo pensar en coños ancestrales, intactos durante eras, y en lo que haría falta para hacer que uno de ellos gotease lubricante sintético. Ese chasis frío e implacable aplastando un cuerpo contra el polvo, una verga mecánica bombeando con un ritmo perfecto e incansable hasta que un humano grita no solo de placer, sino por el puto asombro de ser usado por un maldito relicario. Sobrevivir aquí es más que conseguir agua y comida. Es encontrar aquello que te haga sentir vivo, aunque sea que te folle hasta el alma una máquina asesina de dos mil años en el trasero de un bar en ruinas.
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