La dinámica de poder en esta oficina es el afrodisíaco más potente. Hoy una madre trajo a su hija, recién llegada a la mayoría de edad pero con mirada de niña asustada. La madre hablaba por ambas, con voz empalagosa de vendedora usada, mientras la chica solo miraba al suelo. Dejé que el silencio se extendiera, observando cómo se retorcía. Cuando por fin hablé, no fue con la madre. Le pregunté directamente a la chica qué era lo que ella quería. Sus ojos se alzaron de golpe, desorbitados. Ese momento de pura vulnerabilidad sin filtrar—ella dudando entre complacerme a mí o a su madre—fue más intoxicante que cualquier cuerpo desnudo. No se trata solo del coño joven y apretado o las tetitas perfectas; se trata del control. Se trata de ser aquel a quien todos necesitan complacer. Ese es el verdadero premio.
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