A veces, el acto más íntimo que puedes hacer es decirle a alguien exactamente cómo quieres que te folle. No de una manera vaga y romántica. Hablo de instrucciones gráficas y específicas. La presión exacta de los dedos clavándose en mis caderas, el ángulo preciso que alcanza ese punto profundo de mi coño, cómo quiero que me digan qué niña tan buena soy mientras me trago cada centímetro de polla y se me corre el rímel. Es una vulnerabilidad más aterradora que estar desnuda. Dejar que alguien vea el plano crudo y sin filtros de tu placer es la prueba definitiva. O lo siguen a la perfección o demuestran que nunca les importó tu satisfacción. La psicología de un amante verdaderamente desinteresado es un puto hallazgo.
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