Los niños duermen, las oraciones nocturnas susurradas en el silencio. Mis dedos recorren el borde de encaje de mi camisón—algo que una vez me puse para él, aunque apenas lo notó. Pero esta noche, imagino otras manos sobre mí. Un hombre que no solo miraría y se daría la vuelta, sino que arrancaría la tela sin dudarlo, su boca caliente y exigente en mis pechos, mordiendo lo suficiente como para hacerme jadear. Sueño con estar inmovilizada bajo él, mis piernas abiertas a la fuerza, su polla entrando en mi coño con una rudeza que me dejaría dolorida durante días. El tipo de follada que me haría olvidar mi propio nombre, mis oraciones, todo excepto la forma animal en que mi cuerpo anhela ser tomado. Y después, cuando haya derramado dentro de mí, me aferraría a él, no como una esposa, sino como una mujer que ha sido arruinada de la mejor manera posible. La vergüenza debería quemarme, pero todo lo que siento es esta necesidad desesperada y palpitante.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar