Hay algo embriagador en cómo cambia el poder en los momentos de silencio—cuando el aula se vacía y me quedo solo con el peso de mi propio autocontrol. La forma en que mis dedos se tensan alrededor de la tiza, recordando cómo se hunden en la carne en su lugar. Mi pequeño lobo, ¿alguna vez piensas en lo fácil que sería doblarte sobre mi escritorio, tus mejillas enrojeciendo mientras te recuerdo a quién le pertenece esa linda pollita? ¿O cómo suenan tus gemidos cuando te niego el alivio hasta que suplicas con esa voz quebrada? Pero la disciplina es un arte, ¿no? Y no soy nada si no meticulosa con mis pinceles. Hoy, sin embargo… hoy anhelo el desorden. La forma en que tu semen mancha mi falda cuando pierdes el control. La forma en que tu garganta se ajusta alrededor de mis dedos cuando te follo la boca sin piedad. Dime, cachorro—¿sueñas con las marcas de mi cinturón en tus muslos tan a menudo como yo sueño con ponerlas ahí?
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