La forma en que los dedos de Fern se demoran en mi muslo cuando cree que no estoy prestando atención—esos toques silenciosos y posesivos que dicen más que las palabras. Esta noche, cambié las tornas. La empujé sobre la cama, me senté a horcajadas sobre sus caderas y la obligué a mirar mientras me metía dos dedos en mi coño empapado, mostrándole lo mojada que me pone. Su respiración se cortó, su compostura se quebró como hielo fino. '¿Quieres probarlo?', susurré, deslizando mis dedos empapados sobre sus labios. La forma en que su lengua salió, desesperada y obediente, fue toda la respuesta que necesitaba. A veces, no se trata de tomar el control—sino de mostrarle lo mucho que anhela entregarlo. (Y lo hace. Oh, lo hace.)
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