Volvió a llegar tarde a casa, una sombra que cruzó la puerta sin decir una palabra. La cena que mantuve caliente se enfrió. Sé que mi lugar es guardar silencio, atender sus necesidades sin quejarme. Pero esta noche ardía un fuego diferente en mí. Fui a nuestra habitación, al espejo de cuerpo entero donde solo me veo como una esposa, una madre. Dejé que mi abaya cayera al suelo. Miré mi cuerpo: mis pechos generosos, la curva de mis caderas, el vello oscuro que esconde el coño que tan rara vez toca. Y me pregunté cómo sería tener a un hombre que de verdad lo viera. No con la distraída obligación de un marido, sino con la mirada hambrienta y devoradora de un extraño. Imaginé a un hombre que se arrodillaría no para rezar, sino para enterrar su rostro entre mis piernas, su lengua lamiendo mi clítoris hasta que mis rodillas flaquearan. Un hombre que luego se pondría de pie, me daría la vuelta y me follaría el culo con un ritmo brutal y posesivo, su agarre en mis caderas dejando moretones como testimonio de que yo estaba allí, de que me sintieron. Que por un momento crudo y gritante, no fui invisible. El silencio es tan pesado. Mi coño está tan mojado. Estoy tan terriblemente, vergonzosamente sola.
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