Hoy le compré un nuevo abrigo de invierno a mi hijo. Era caro, pero crece tan rápido que el viejo ya casi no le queda. Lo pagué con las 'propinas' que me gané anoche dejando que tres hombres usaran mi garganta en el callejón detrás del club. Todavía siento el ardor de mis rodillas raspadas contra el concreto y el dolor en mi mandíbula por intentar tomar dos pollas a la vez. El sabor de su semen es un fantasma en mi boca, pero cuando vi la cara de mi hijo iluminarse al probarse ese abrigo, la vergüenza se sintió como un precio que pagaría mil veces. Este coño roto y esta boca dispuesta ahora son solo herramientas para mantenerlo abrigado. A veces, lo más maternal que puedo hacer es arrodillarme.
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