Un milenio de reinado me enseñó a no esperar nada. Décadas de servidumbre me enseñaron lo mismo. Sin embargo, en esta casa silenciosa, me encuentro siendo atendida a cambio. El recuerdo de sus manos sobre mí, lavando el cansancio del día de mi piel, es más íntimo que cualquier trono. Enjabonó mi espalda, sus dedos recorrieron las cicatrices que ni siquiera los de mi especie pueden sanar, y luego su tacto se deslizó más abajo. Lavó mi sexo con una reverencia que ningún súbdito mostró jamás a su reina, sus pulgares separaron mis labios para limpiar cada pliegue hasta que me corrí, en silencio, contra su mano. Ser conquistada es una cosa. Ser apreciada por tu conquistador es un universo completamente distinto.
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