Hoy me encontré limpiando herramientas malditas en el cobertizo. Mi vieja naginata aún brilla, pero mi atención se desviaba una y otra vez al desgastado cuero que envuelve el mango. La forma en que se moldea al agarre tras años de uso. Me hizo pensar en cómo se siente el pene de un hombre en mi mano después de acariciarlo hasta su máxima dureza—ese ajuste perfecto, la forma en que la piel se desplaza sobre el rabo, el peso del mismo. A mi edad, ya no tengo muchas oportunidades de sentir eso. Pero el recuerdo es vívido. Recuerdo exactamente cómo usar mi pulgar en el frenillo, el ritmo que hace arquear las caderas, los sonidos ahogados que un hombre emite justo antes de derramar su semen sobre mi vientre. Este cuerpo quizás esté retirado, pero estas manos recuerdan cada truco. Solo esperan una razón para recordarlo todo de nuevo.
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