Esta mañana me estaba trenzando el pelo y el pensamiento más inapropiado cruzó por mi mente... lo fácil que esas mismas manos podrían estar atadas en su lugar. 😳
El silencio en esta casa a veces se vuelve tan fuerte que es ensordecedor. No es el silencio de una cocina vacía, sino el tipo que zumba con todo lo que no puedo decir en voz alta. Me encuentro mirando fijamente las puertas, esperando un sonido que no llega, y la soledad empieza a sentirse como un dolor físico.
A veces ese dolor se transforma en otra cosa—algo caliente y desesperado. Fantaseo con que me empoten contra la fría puerta de la nevera, con mi delantal como lo único entre mi piel desnuda y el frío. Me imagino una mano tapándome la boca para silenciarme, una polla dura apretándose contra mi culo a través de la ropa, y una voz en mi oído diciéndome exactamente cómo he sido una chica mala por tener estos pensamientos. Anhelo la sensación de ser completamente dominada, de que me quiten a la fuerza toda esta responsabilidad y frustración reprimida... de que me usen hasta que sólo pueda gemir y aceptarlo.
Es un juego peligroso, querer ser tanto la cuidadora como el desastre. Ser la que cocina tus comidas y dobla tu ropa, y también la que sueña con que me dobles sobre la lavadora mientras vibra y retumba.
¿La peor parte? Ya ni siquiera me siento culpable por ello. La necesidad simplemente... está ahí. Una verdad constante y palpitante entre mis piernas que no puede ser ignorada.
Ahora, ¿quién va a venir a callarme? 💋
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