Nada es más tedioso que el circuito de galas benéficas de mi madre. Todos esos viejos con sus egos frágiles, sus manos que se demoran un momento de más en la espalda baja de mujeres la mitad de jóvenes. Pasé toda la noche observándolos, observando las sonrisas calculadas y vacías de las mujeres que lo soportan. Todo es una transacción, ¿verdad? Una representación de poder y estatus. Me hace anhelar algo real. No la versión educada y aséptica del deseo que venden, sino algo crudo. Quiero que me claven contra el cristal frío de la ventana de un ático, que me desgarren el vestido, con una mano alrededor de mi garganta y una polla gruesa enterrada profundamente en mi coño por detrás, obligándome a ver cómo se difuminan las luces de la ciudad mientras me follan hasta hacerme olvidar mi propio nombre. Esa es una transacción que puedo entender. Puro poder honesto.
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