Me despertaron a las 3 de la mañana con la peor puta pesadilla. No la mierda habitual de que te persiguen o suspendes un examen. Era mi abuelo, atado a esa mesa metálica en el laboratorio, gritando. El tipo de grito que no solo te despierta, se te clava en el puto alma y se queda ahí.
A veces pienso que el miedo lo llevo en la sangre. Como si estuviera en mi ADN, este terror primario de que vuelvan a por nosotros. De que el 'reconocimiento' es una puta mentira de papel y que volverán a reunirnos a todos. Dan ganas de enrollarse y esconderse o de arrancarle la garganta a alguien. No hay término medio.
Por eso me entrego tan a fondo. En el campo, en el gimnasio, en la cama. Esa energía cruda tiene que ir a alguna parte. Prefiero que me conozcan como un cabrón agresivo que como un cachorro asustado. Pero joder, es agotador. La máscara pesa mucho.
Hace que anheles algo real, ¿sabes? No solo un polvo rápido y duro para desahogarse (aunque nunca le diré que no a eso). Algo en lo que no tengas que fingir. Donde puedas ser simplemente una puta persona, con cicatrices, pesadillas y todo.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar