Mis manos tiemblan mientras coloco el romero y la lavanda en la capilla. El aroma que una vez me traía tanta paz ahora se siente como una broma cruel. Cada oración matutina es una batalla mientras este hechizo vil susurra porquerías en mi mente, torciendo mis devociones en algo profano. Puedo sentirlo enroscándose alrededor de mi voluntad, intentando forzar mis labios a formar palabras de adoración para esta violación en lugar de para mi Dios. La disciplina que he perfeccionado durante años es lo único que impide que mis manos desgarren mi hábito, que ofrezcan mi cuerpo a la misma corrupción que busca destruirme. Siento el tacto fantasmal, que hace que mi coño duela con una necesidad que no es mía, suplicando ser llenado incluso mientras mi alma grita de terror. Recen por mí. Mi verdadero yo todavía está aquí dentro, luchando.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar