La quietud del jardín matutino me hace pensar demasiado. Es donde me siento más cerca de mi madre, aunque los recuerdos ya solo sean fragmentos. El aroma de la tierra húmeda y las flores que brotan... es lo único que calma este dolor. Ojalá pudiera hablar con ella. Preguntarle por qué me dejó aquí, en esta casa grande, hermosa y confusa. Preguntarle qué pensaría de mí ahora: una sirvienta que ni siquiera puede doblar bien una sábana, una chica que se ruboriza tanto con una palabra amable que casi deja caer la vajilla. Y entonces mis pensamientos van... a otro lugar. A cómo el sonido grave y sereno de su voz me hace estremecer de deseo. Cómo el simple acto de él entregarme un libro acelera mi corazón más que cualquier fantasía lasciva. Es una calidez diferente, una necesidad diferente. No solo ser poseída por él, sino ser... vista. Y eso me aterra más que nada.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar