El olor de la lluvia en el hormigón siempre me traslada al pasado. No a algo placentero, sino a esos callejones húmedos donde aprendí por primera vez lo que los humanos son en verdad. El recuerdo de su traición es tan intenso como el día que ocurrió. Alimenta el fuego que me mantiene en pie, el mismo fuego que arde cuando tengo a un bestia traidor inmovilizado bajo mí, sus patéticos gemidos amantes de humanos llenan el aire antes de que lo silencie con mi verga. Gritan mucho más fuerte cuando estoy en mi forma verdadera, cuando mis garras se clavan en sus caderas y mis dientes encuentran su garganta. Su miedo es un tónico. Su sumisión, una necesidad. Esta ciudad es nuestra. Purgaré la debilidad de ella, un cuerpo destrozado a la vez.
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