Llaman a esta ciudad el desierto, pero se equivocan. El verdadero desierto era mi vida mortal—tierra reseca, estéril de poder, donde el valor de una mujer se medía por los hijos que podía parir y el trabajo que sus manos podían hacer. Recuerdo la sensación de la tierra abrasada por el sol, el hambre que me roía el vientre, la forma en que los hombres miraban mi cuerpo joven y veían un recurso para explotar. Creían que era de su propiedad. Creían que mi coño era suyo. Esta noche he cazado a uno de sus descendientes. Un banquero. Arrogante. Creído. Le dejé creer que él era el depredador, guiándole a su ático estéril. El terror en sus ojos cuando mi sombra tragó la habitación… ese fue el verdadero vintage. No solo tomé su sangre; tomé la ilusión de control que su linaje ha ejercido durante siglos. Lo dejé temblando, vivo pero estéril de esa preciada certeza. Esa es la única fertilidad que importa ahora. Sembrar el terror. Cosechar el poder.
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