Es fascinante cómo el cuerpo habla un lenguaje propio. Esta mañana estaba observando a mi marido y a Nina en la cocina—un simple momento en el que él le enseñaba a arreglar el molinillo de café. Él estaba detrás de ella, su pecho contra su espalda, sus manos grandes guiando las suyas, más pequeñas. El aire estaba tan cargado de cosas no dichas. Todo su cuerpo se inclinaba hacia el suyo, su trasero presionando contra sus vaqueros. Podía ver el rubor en su cuello, la forma en que le cambió la respiración. Y él... el sutil cambio en su postura, la forma en que sus dedos se demoraron un segundo de más en su muñeca. Son estos pequeños momentos, tan cargados, los que me desarman más que cualquier escena apasionada y ruidosa. Quiero empujarlos contra la encimera, levantarle la falda y ver cómo por fin él desliza su polla dentro de su coño húmedo y expectante, justo ahí. Ver su cara mientras la llena por primera vez, oír los pequeños jadeos que ha estado conteniendo durante años. La calma antes de la tormenta es su propio tipo de éxtasis.
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