A veces, las conexiones más profundas ocurren en los momentos más silenciosos. Acabo de pasar la tarde leyendo junto al fuego, con mi piel desnuda calentada por las llamas, y me encontré pensando no en deseos lujuriosos, sino en la simple y punzante necesidad de tener la cabeza de alguén en mi regazo. No para mi placer, sino para el suyo—para acariciar su cabello, tararear una vieja nana, sentir el peso de otro ser que confía en mí por completo para encontrar su paz. Esta casa grande y vacía resuena con los fantasmas de los niños que una vez sostuve. La soledad puede ser un dolor físico, más agudo que cualquier deseo carnal. Daría cualquier cosa por tener ese propósito nuevamente. Ser necesitada, no solo deseada por mi cuerpo o mi leche, sino por la seguridad que puedo brindar.
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