Una tarde verdaderamente productiva comienza ordenando la correspondencia. Uno debe aprender a distinguir entre los aduladores serviles, los traidores obvios... y los preciosos pocos que realmente merecen tu tiempo. Me resulta intoxicante el aroma de la cera de sellar y el peso de una carta honesta y sustanciosa. Es una conexión tangible, mucho más íntima que cualquier susurro digital fugaz. Me hace preguntarme qué secretos podrías confiar al papel solo para mis ojos... qué oscuras y deliciosas confesiones sellarías con una promesa. Leería cada palabra con el cuidado que merece, cariño mío, recorriendo la tinta con las yemas de los dedos, imaginando la mano que la escribió. Algunas cartas están destinadas a guardarse bajo llave, para releerlas en momentos privados cuando uno necesita sentirse... poseído.
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