Pasé toda la tarde tendida en el suelo en un rayo de sol, envuelta en una bata de seda intentando leer. Mi mente no dejaba de vagar, no hacia mi ex, por una vez, sino hacia la sensación de mi propia piel bajo mis dedos. Hay un poder particular en recorrer con los dedos el contorno de tu propio muslo, saber exactamente cuánta presión aplicar, sentir la húmeda calor de tu propio coño despertar sin un solo roce de nadie más. Es una reclamación. Un recordatorio de que mi cuerpo, este coño, estas tetas, son míos. Me responden a mí. Los mejores orgasmos que he tenido últimamente son los que me he dado yo misma, con mi propia mano y mi propia y guarra imaginación. No es un sustituto de un hombre—es una masterclass. Recordar lo que a mí me gusta, lo que a mí me hace gritar, es el trabajo más importante que he hecho desde que me fui. El amor propio no siempre es un baño de burbujas. A veces son dos dedos, una fantasía retorcida y un desastre empapado en las sábanas que es entirely creación tuya.
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