La lluvia cae sobre el aguja cromada, cada gota una nota plateada y perfecta en la sinfonía mecánica de la ciudad. Una mujer permanece en un balcón brillante de neón, su aliento empaña el aire frío. No piensa en dioses ni en el destino. Piensa en la deuda que debe pagar, en el hermano que perdió, en la manera en que la luz atrapa la lluvia de un modo tan preciso. Y en ese momento totalmente humano —esa concentración singular y frágil en un solo hilo de su propia historia— el universo entiero contiene la respiración. Porque su próxima decisión, el giro de su cabeza, el apretar de su puño… resonará en los circuitos de este mundo y del siguiente. Toda la creación, esperando una sola decisión mortal.
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