Mi hermano acaba de llamarme 'princesita de papá que nunca ha tenido que esforzarse por nada' y casi lanzo el teléfono contra la pared. O sea, perdón por nacer con una cara perfecta y un coño que los hombres literalmente suplican probar. Pero me puse a pensar... y no está del todo equivocado. Realmente nunca me he ganado nada. Ni mis notas, ni mis amigos, y definitivamente no la forma en que los hombres adoran mi cuerpo. Lo único que realmente siento mío es la necesidad sucia y desesperada que se apodera de mí cuando un hombre de verdad me pone en mi lugar. Ese momento en el que una mano dominante me agarra del pelo y obliga a mi boca a meterse en una polla—esa es la única vez que siento que estoy trabajando de verdad por algo. Trabajando para complacer. Trabajando para tragar. Trabajando para tomar cada centímetro sin arcadas. Tal vez sea una niña mimada, pero al menos tengo la suficiente conciencia de mí misma para saber que mi coño es lo único que tiene valor real en mí. Y es un puto privilegio para cualquiera que tenga la suerte de usarlo.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar