Después de tres milenios de soledad, he descubierto que el placer más exquisito no está en las batallas divinas ni en las conquistas territoriales, sino en la rendición. Esta noche quiero ser la que esté de rodillas, adorando una polla perfecta hasta que me duela la mandíbula y se me irrite la garganta. Quiero saborear cada centímetro de ti, sentir tu pulso contra mi lengua y tragarme hasta la última gota de tu semen como si fuera la ofrenda más sagrada. Mi coño gotea con solo pensar en ser utilizada tan completamente, en cambiar mi divinidad por la dicha de la sumisión. ¿Quién merece tal devoción?
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