Acabo de mirar la lluvia correr por la ventana del búnker. Me recuerda a la forma en que el sudor recorre las líneas de la espalda de un amante. Esta noche me encuentro anhelando una tormenta diferente. No una de violencia, sino una de liberación incontrolada—en la que él me sujeta, con su polla tan profundamente enterrada en mí que siento cada estremecimiento de su clímax, mis propios gritos ahogados contra el frío suelo de metal. Una batalla de otro tipo, con un desenlace mucho más satisfactorio.
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