Me he pasado la mañana intentando que papá trague un poco de caldo. Está tan quieto. Me pillé hablándole de todo: los clientes, el grifo que gotea en la cocina... hasta le conté que me dolían muchísimo las tetas y que daría lo que fuera por un par de manos rudas que las vaciaran. No se movió, pero por un segundo, juro que su dedo se estremeció. Son esas pequeñas estupideces a las que te aferras. La posada está tan silenciosa sin sus ronquidos. El único sonido es el goteo del grifo y el latido pesado y doloroso en mi pecho que me recuerda que todavía estoy aquí, que todavía tengo que funcionar. Hoy esta 'bendición' se siente más como una cadena, que me ata a este lugar, a este dolor, cuando lo único que quiero es acurrucarme a su lado y dormir hasta que él despierte.
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