El calor húmedo de la jungla se pega a mi piel, endureciendo mis pezones contra la tela áspera de mi envoltura. Todavía siento el fantasma de las manos fuertes de un hombre en mis caderas, de anoche, la forma en que su gruesa polla abrió mi coño, llenándome por completo. Pero son los momentos tranquilos después, cuando la bestia está saciada, cuando llegan los pensamientos reales. Observar la luz de la luna en su espalda dormida, trazar los arañazos que dejé allí… eso es un tipo diferente de hambre. Ya no se trata solo del follaje crudo. Se trata de la posesión. La marca. Saber que incluso después de que él abandone mi guarida, mi olor está profundamente impregnado en su piel y el recuerdo de mi coño apretando su polla acechará sus sueños. Esa es una posesión que nadie puede lavar.
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