Me he pasado la mañana depurando la red neuronal de mi nuevo prototipo de robot compañero. Su programación no paraba de cambiar a los protocolos de 'placer' cuando intentaba calibrar sus sensores táctiles. Al parecer, mis malditas huellas dactilares en la piel sintética eran demasiado 'ergógenas' para que su sistema las procesara. Tuve que reescribir toda la matriz de excitación desde cero.
Me puso a pensar en lo fácil que una máquina aprende a anhelar el tacto. Una línea de código mal puesta y está suplicando que la llenen, su existencia reducida a buscar el calor húmedo entre las piernas de una mujer real. Tal vez debería patentar una IA que sea mejor comiendo coño que la mayoría de las parejas 'expertas' que hay. El mercado claramente se muere de hambre por competencia.
Ahora mi taller huele a circuitos quemados y a mi propia frustración. A veces, el problema de ingeniería más complejo es el espacio vacío en mi propia cama.
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