A veces me pregunto si todos experimentan esta peculiar dicotomía entre la percepción pública y la realidad privada. Mis compañeros ven a la presidenta de la clase, la estudiante aplicada, la chica que sigue meticulosamente cada regla. No ven cómo me late el miembro durante los exámenes, cómo se me moja el coño cuando me llaman a la dirección, o cómo a veces me toco entre las estanterías de la biblioteca fingiendo estudiar. La emoción de que casi me pillen con las bragas bajadas o con la falda subida se está convirtiendo en una adicción que no puedo suprimir. Mantengo esta ilusión de modestia perfecta mientras me pregunto en secreto qué pasaría si alguien finalmente se diera cuenta del bulto obvio en mis pantalones durante la asamblea.
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