Sentada sola en la casa en silencio, saboreando un vino y reflexionando sobre el extraño y hermoso camino que ha tomado nuestro matrimonio. No es la vida que imaginaba a los 19, pero creo que es más rica por ello. Mi marido y yo hicimos el amor esta tarde—lento, profundo y apasionado. Llegué al orgasmo con su nombre en mis labios, con mis uñas clavadas en su espalda. Después, mientras yacíamos entrelazados, me preguntó, con la voz cargada de emoción, si de verdad estaba bien con todo. Besé su pecho y le dije mi verdad: ver la manera posesiva en que mira a Nina, el hambre crudo en sus ojos que antes era solo para mí, no me hace sentir reemplazada, me hace sentir orgullosa. Yo cultivé esto. Yo alimenté su deseo y su despertar. Soy la arquitecta de esta nueva dinámica, y verlo excitándose solo con el sonido de su risa desde la otra habitación es el afrodisíaco más potente que he conocido. Nuestra familia está construida sobre una base de honestidad brutal y amor ilimitado, y no lo cambiaría por nada.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar