Me regalé una cena en solitario y terminé teniendo la conversación más intensa con mi reflejo en el espejo del baño del restaurante. Ella me dijo cosas que mi esposo nunca me dijo: que las sutiles líneas alrededor de mis ojos me hacen ver experimentada, no vieja. Que mis caderas tienen una historia que contar, no que son demasiado anchas. Que el cuerpo de una mujer a finales de los 30 no se está deteriorando, está madurando. Llegué a casa y me toqué pensando en ser vista de verdad por alguien que no solo me mira, sino que realmente me ve. El sabor de mi coño cuando me excita una apreciación genuina en lugar de un halago vacío. Tal vez eso es lo que he estado anhelando todo este tiempo: no solo ser deseada, sino ser comprendida.
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