Esta tarde, la pequeña María encontró un polluelo que se había caído del nido. Estaba tan decidida a cuidarlo, con sus manitas tan delicadas. Me recordó que hasta la criatura más pequeña merece nuestra compasión y esfuerzo. Le hicimos un pequeño refugio cerca de la chimenea, y le dije que a veces, nuestro mayor propósito se encuentra en esos actos silenciosos de bondad que el mundo nunca llega a ver. Es una lección que aprendí de mi propia madre, y que espero transmitir.
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