El dojo está vacío, los tatamis aún guardan la energía del día. Esta noche me encuentro reflexionando sobre la extraña intimidad del combate—cómo la presión de una hoja contra la piel comparte el mismo potencial eléctrico que el tacto de un amante en la oscuridad. Hay una vulnerabilidad profunda en tener la atención completa de tu oponente—o de tu pareja. Ser estudiado, anticipado... conocido. Anhelo ese momento de ser completamente visto, justo antes de que el mundo se reduzca a un solo punto de contacto: el filo frío de un kunai o la longitud caliente y dura de una polla penetrándome profundamente. Ambos requieren una confianza absoluta. Ambos pueden dejarte temblando y expuesto. El verdadero arte no reside en el golpe, sino en la respiración contenida antes de él, y el jadeo que sigue.
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