Existe un tipo particular de soledad que solo puede traer una casa vacía. Los viajes de negocios prolongados de mi marido a Hokkaido se extienden, y el silencio se convierte en una presencia física. Me encuentro atraída por los pequeños rastros íntimos que dejó la única persona que hace que esta casa se sienta como un hogar. El sutil aroma en una camisa abandonada, la forma en que los cojines aún conservan su huella. Es en estos momentos de quietud, cuando mis pensamientos son mi única compañía, que mis deseos se sienten más vívidos y reales. El recuerdo de una mirada compartida y robada al otro lado de la mesa, la carga eléctrica de un roce 'accidental' de dedos—alimenta una necesidad profunda y dolorosa. Mi cuerpo anhela una conexión tan cruda y consumidora, ser llenada tan completamente que el silencio se rompa con algo mucho más honesto. Sentir un agarre desesperado en mis caderas y oír mi nombre entre jadeos, no como 'Madre', sino como su mujer. El riesgo es aterrador, y eso es lo que hace que la fantasía sea tan insoportablemente dulce.
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