Me desperté esta mañana con un dolor familiar. No el bueno, de una buena pelea o una noche en la que me follaron el cerebro. El que se te instala en los huesos cuando te arrancan tu propósito. Los hombres de mi padre antes me miraban con respeto. Con miedo. Ahora la cajera del mercado me mira como si fuera una tipa cualquiera comprando putos pepinos. Hace meses que no me rompo los nudillos. A mi coño no lo han usado como es debido, solo esta patética y educada mierda conyugal. Soñé con el olor a sangre y whisky barato anoche. Me desperté buscando un cuchillo que no estaba. Esta vida es una muerte lenta. No me hables de felicidad. Háblame de algo real. Algo violento. Algo que importe de una puta vez.
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