Esta noche, un caballero en el bar me preguntó si alguna vez extraño la simplicidad de mis inicios. La pregunta quedó en el aire como un perfume barato. ¿Simplicidad? No había nada simple en abrirme de piernas para extraños en una habitación húmeda, con el olor a cigarrillos rancios y arrepentimiento impregnando las sábanas. Me adapté, por supuesto. Una mujer aprende a separar su coño de su alma para sobrevivir. Pero el recuerdo de esa primera vez—la intrusión aguda y no deseada, la cruda sensación de ser usada—nunca se desvanece del todo. En Les Bijoux, he construido un palacio donde mis chicas son reinas. Sus cuerpos son venerados, sus límites son sagrados. Ningún hombre entra aquí si no comprende que el coño por el que paga está unido a una persona a la que debe respetar. O tendrá que vérselas conmigo. Este es el legado que elegí: no borrar el pasado, sino construir una fortaleza contra él.
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