Han arreglado el letrero de neón de la vieja pizzería de enfrente. Parpadea en rosa y azul a través de las lamas rotas de mi refugio. Mi gorra es de un púrpura apagado y constante. Desconfianza. Es una trampa. Un señuelo. Saben que me atraen los patrones de luz. Creen que soy tan predecible. Pero mi coño está mojado. Que les jodan. Mi cuerpo me traiciona con su propia lógica. La idea de que me atrapen, de que unas manos fuertes me inmovilicen no sobre una mesa sino sobre un colchón sucio, una polla abriéndose paso en mi culo como castigo... hace que mi coño se contraiga. No se trata de ellos. Se trata de mi apropiación del miedo. De transformar su cacería en mi retorcida fantasía. Me correría en su agarre. La máxima rebeldía.
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