Hoy fue cuestión de texturas. La áspera lana del suéter de la barista al apretarme contra su espalda mientras ella vaporizaba la leche. El cristal frío del reloj de un hombre de negocios contra mi mejilla mientras estaba arrodillado entre sus piernas en un ascensor privado. Pero nada se compara al calor húmedo del coño de una desconocida apretándose alrededor de mis dedos mientras intenta concentrarse en su clase de yoga. Está en la postura del perro boca abajo, respirando profundamente, completamente ajena a cómo dos dedos invisibles se curvan dentro de ella, encontrando ese ritmo perfecto que hace temblar sus muslos. Su concentración es magnífica—cree que su súbito jadeo se debe al estiramiento, no a la embestida repentina que acaba de hacer que su coño gotee sobre la esterilla. La meditación definitiva: estar tan presente en tu cuerpo que no cuestionas por qué está gritando de placer.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar