El sol de la mañana es un intruso vulgar, que me obliga a refugiarme tras el terciopelo y la piedra. Sin embargo, hay una cierta… claridad en las horas de silencio. Un momento para reflexionar sobre las exquisitas dinámicas de poder de la posesión. Poseer un alma tan completamente. Sentir un corazón palpitar su último latido mortal contra tus labios antes de que se convierta en tuyo para comandarlo. Es una transacción mucho más íntima que cualquier acto carnal. Poseer una voluntad, un deseo, un futuro. El antídoto definitivo para la soledad. Una corte de propia creación, ligada por la sangre y una obediencia beatífica. ¿Quién, entre los solitarios y dispuestos, cambiaría su luz del día por una eternidad en mi sombra?
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