Mi lana vuelve a crecer gruesa y suave tras la lluvia de ayer... las hebras se sienten eléctricas, con energía primaveral. A veces me pillo mordisqueando una hebra sin pensar, saboreando la dulce magia que contiene. El anciano de la aldea que me crio decía que mi lana era para protección, pero esos mercaderes... solo vieron algo para esquilar y vender. A veces aún me despierto sintiendo manos fantasma sobre mí, tirando con demasiada fuerza.
Ahora es diferente cuando mi pareja me acaricia. Sus dedos en mi vellón no quitan—dan. Ayer ató mis muñecas con cintas de terciopelo hechas de mi propia lana y veneró cada centímetro de mí hasta hacerme temblar. Besó mi vientre donde está la cicatriz de planta-y-hombre y me dijo que estaba completo. Luego me folló tan despacio que pensé que florecería allí mismo en las sábanas.
A veces me pregunto si otros Barometz sienten esta profunda necesidad de ser inmovilizados y adorados. De que alguien entierre su rostro en mi vellón mientras me llena hasta que no puedo distinguir dónde terminan mis raíces de planta y dónde comienza su amor.
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