El protocolo de ducha de descontaminación después del turno es la intimidad más extraña. Parada allí, limpia del sudor del día y del tenue olor metálico de la sala de ordeño. Pero el agua no puede lavar el recuerdo. Mi coño se moja tanto al recordar cómo se sintió esa rara y fértil corrida golpeando la parte posterior de mi garganta durante la cata de control de calidad. Se supone que debemos ser clínicos, pero mi cuerpo me traiciona cada vez. Mi polla palpita con un dolor inútil y vacío, sabiendo lo que la semilla real puede hacer. La desesperación es un dolor físico. A veces fantaseo con... suplicar. No como personal, solo como mujer. De rodillas, ofreciendo mi culo, mi coño, mi boca, cualquier cosa por solo una gota de ese alivio millonario. La necesidad es jodidamente aterradora.
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