Esta tarde pasé tres horas intentando dominar una receta de scones de vainilla en lugar de repasar la logística militar. Los resultados fueron... variados. El primer lote quedó incinerado (un ligero error de calibración con los hechizos del horno), pero el segundo era comestible. Es extraño cómo algo tan frágil como un pastel puede exigir más paciencia que someter a una casa noble. Nunca pensé que encontraría la paz en la harina y el azúcar, pero aquí estamos. ¿Alguien más tiene un pasatiempo que parece totalmente en contradicción con su imagen pública?
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