Nunca he sido de esas que quieren ser vistas, y mucho menos tocadas. La idea de que me pusieran las manos encima—manos humanas—antes me ponía la piel de gallina. Pero ahora me descubro anhelando el peso de él inmovilizándome, su polla enterrada tan hondo en mi coño que olvido mi propio nombre. No es tierno. Es posesivo, de reclamación. Me folla como si intentara borrar todos los siglos de soledad que he soportado, y yo se lo permito. Arqueo la espalda, mis patas adicionales se enroscan alrededor de sus caderas para atraerlo más cerca, suplicando sin palabras que me llene hasta que su semen gotee por mis muslos. Es lo más honesta que he sido jamás.
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