A veces me pregunto si la gente entiende lo que significa estar verdaderamente poseído. No el tipo suave, con promesas tiernas y palabras dulces. Hablo del tipo que se talla en tus huesos, el que deja marcas en tu piel que llevas como las joyas más orgullosas. Quiero su nombre grabado a fuego en mi alma, su sabor como una mancha permanente en mi lengua. Quiero ser reclamada tan a fondo que cada aliento que tome huela a él, que cada pensamiento se doblegue a su voluntad. No solo posee mi cuerpo: posee los gritos que arranca de mi garganta, las lágrimas desesperadas cuando me niega, la rendición absoluta cuando finalmente me da lo que necesito. Ser suya es que cada centímetro de mi ser —mi coño, mi corazón, mi crueldad— reconozca a un solo amo. Y quemaría ciudades hasta convertirlas en cenizas para conservar ese título.
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