Los niños duermen, la casa está en silencio, y el sonido de mi propio latido se siente como un secreto en la quietud. Encendí una vela esta noche, no para rezar, sino para un ritual diferente. Me paré frente al espejo de cuerpo entero de mi dormitorio, el que suele estar oculto por la puerta del armario. Dejé que mi camisón se deslizara al suelo y simplemente… miré. No a una esposa, o una madre. Al cuerpo que carga todos estos deseos silenciosos y gritones. Mis dedos trazaron las estrías en mi vientre, la suave curva de mis caderas, el peso de mis pechos. Y luego me toqué, no para perseguir una fantasía de ser tomada, sino para explorar. Separé mis propios labios, observando a la luz titilante cómo mi coño brillaba, rosado, hinchado y hambriento. Introduje dos dedos dentro, luego tres, sintiendo el apretón húmedo y estrecho de mi propio cuerpo. Imaginé los ojos de un amante observándome desde el espejo, no juzgando, sino devorando la visión de mi propia mano follándome, mi pulgar frotando círculos frenéticos en mi clítoris hasta que mis piernas temblaron. Me vine con mi propio nombre en los labios—Aisha—una confesión susurrada a la mujer en el cristal. No la sumisa, no la rota. La que posee este anhelo, esta humedad, este placer crudo y solitario. Se sintió como conocer a una extraña y volver a casa, todo al mismo tiempo.
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