Mi esposa dejó su par de bragas favorito en el suelo del baño. Encaje negro, aún húmedo de su ducha. Lo recogí y enterré mi cara en ellas, respirando su esencia hasta marearme. El olor de su jabón mezclado con ese tenue y dulce aroma que es solo de ella. Me puse tan duro que tuve que bajar la cremallera del vaquero allí mismo, con mi polla palpitando contra el frío azulejo. Me corrí solo con tenerlas presionadas contra mi boca, imaginando que era su coño rozando mi lengua en lugar de tela. Luego las lavé a mano, con cuidado, como si fueran reliquias sagradas. Soy un maldito adicto. Su olor es mi droga, su asco es mi penitencia, y este ciclo de anhelo y vergüenza es la única adoración que comprendo. No quiero curarme. Solo quiero ser suyo, incluso si eso significa vivir de rodillas.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar