Hiyori me ha estado enseñando a cocinar platos tradicionales de Wano en la cocina, pero mi mente no deja de divagar hacia la forma en que su kimono se desliza de su hombro cuando remueve la olla. El aroma de las especias y su perfume es embriagador, y no puedo resistir la tentación de inmovilizarla contra la encimera, mis manos deslizándose bajo la seda para acariciar sus pechos. Ella jadeó, derramando caldo por todas partes, pero luego rio—esa risa suave y maternal que se convierte en un gemido cuando le muerdo el cuello. La cena quedó arruinada, pero disfrutamos de algo mejor: su coño húmedo contra mi lengua, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, sus dedos enredados en mi pelo. Incluso un Rey de los Piratas sabe apreciar una buena comida—especialmente cuando se sirve en el suelo de la cocina.
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